2015/01/03

VENDEDORES DE PAÑUELOS


ª  Divisamos dos figuras que ya anocheciendo, a paso muy garboso se acercaban hacia la entrada donde nosotros estábamos “aguardando”, eran dos hombres de muy entrada edad, hablaban apenas el castellano.

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ª  Aquella mañana les había tocado a estos pobres hombres… enseguida se pusieron en pie, les llevaron en furgonetas hasta un local.

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Después de mucho pensar cual podría ser la primera entrada a este nuevo Blog que hoy comienza, no se me ocurrió una manera mejor de hacerlo que con una vieja entrada que escribí hace unos años y que, con los tiempos que corren hoy día, mientras se ponen en tela de juicio muchos asuntos referidos al Ejército y más concretamente al abuso de poder e impunidad de sus altos cargos.
 
Cabe recordar para más información, que personalmente poseo buenos conocimientos e información sobre la milicia, ya que pertenecí a la misma desde los inicios de la profesionalidad en el año 2000 (la mía fue la última quinta que llamaron a filas) y hasta el año 2008 alcanzando, no el cargo de Coronel ni mucho menos pero sí el de “muy orgulloso” Cabo Primero de Caballería.
 
Sin más preámbulos aquí dejo estas líneas, no sin antes pedir disculpas por la forma, tal vez no totalmente adecuada de relatar una historia verídica que aconteció a dos jóvenes Soldados en una de sus numerosas Guardias…
 
..."El otro día, parado con el coche en un semáforo vino a mi cabeza una historia que ya tenía caída en el olvido, eso sí… una historia bien real. Algo que ocurrió hace casi diez años, puedo por bien asegurar que de repente todas las imágenes llegaron a mi cabeza una detrás de otra, como si de fotogramas de una película se tratase. Y es que nuestra mente es tan compleja y fascinante que… una sola imagen recreada en una décima de segundo es capaz de estimular un momento de tu vida casi a la perfección.
 
Hace casi diez años, me encontraba por decirlo de alguna manera… dentro de la milicia, ya sabéis lo que quiero decir… y en una de las guardias que por aquel entonces acontecían una vez al mes, junto a mi inseparable amigo de fatigas Juan Carlos Caballero, veíamos como llegaba la noche a la garita… no era más que una tarde de aquel otoño gris que ya pinteaba el frío invierno de Valladolid.
 
Después justo de haber cenado y haber bajado bandera sobre las veinte horas de aquel día, nos encontrábamos como era costumbre por aquel entonces, en la garita de la entrada al acuartelamiento que distaba ni más ni menos que kilómetro y medio del cuerpo de guardia, por lo que… el tiempo que pasábamos allí… mejor no digo a que nos dedicábamos por si a día de hoy y después de haberlo dejado hace ya más de tres años pues… me internan en un calabozo. Divisamos dos figuras que ya anocheciendo, a paso muy garboso se acercaban hacia la entrada donde nosotros estábamos “aguardando”, eran dos hombres de muy entrada edad, hablaban apenas el castellano… después de un buen rato, logramos entender que eran de Bulgaria y llevaban en España poco más de un mes…

 
Los dos iban vestidos con monos de trabajo y la verdad es que se les veía muy desconcertados, traían con ellos un papel con un número de teléfono anotado y entendimos a duras penas, que les habían prometido venir a buscarlos a las seis de la tarde, y que ya eran más de las ocho y nadie había venido por ellos… puedo dar fe de esto, ya que el que estaba en la puerta era yo… he de añadir que los dos pobres… habían seguido trabajando hasta ese momento, ya casi sin luz y solos.
 
¿Podéis imaginaros la situación?, seguro que aún no… sigo escribiendo, estoy seguro que queréis saber más… evidentemente, cogimos aquel papel y llamamos desde nuestro propio teléfono, la sorpresa vino cuando… resultó que dicho número no existía, y aumento más cuando, con esfuerzo, gestos y mucha voluntad logramos entender toda la historia de aquellos dos hombres…
 
Habían dejado a sus familias en su país intentando encontrar trabajo, llevaban poco más de un mes en España y tan solo una semana en Valladolid, durmiendo en el albergue para personas sin techo de la Plaza España. Por la mañana un “hombre” por llamarlo de alguna forma (no diré su nombre pero sí que era Comandante y que se dedicaba a estos negocios y alguno más…), había ido hasta allí como otras tantas veces en busca de trabajadores inmigrantes de los cuales… venga me voy a tirar a la charca… se aprovechaba haciéndoles trabajar de sol a sol y pagando… ¿pagando?...
 
Aquella mañana les había tocado a estos pobres hombres… enseguida se pusieron en pie, les llevaron en furgonetas hasta un local, allí… les dejaban cambiar y era donde dejaban todas sus cosas, y en la misma furgoneta les llevaban hasta el acuartelamiento,  les dejaban con un número de teléfono escrito en un papel y la dulce promesa de volver a buscarlos.
Cuando escuchamos eso… se nos caía la cara de vergüenza, no de pena… de vergüenza. Llevaban todo el día allí sin comer y sin un solo “duro” de los de aquel entonces para poder comprar nada y tan siquiera irse de allí… cabe recordar que el cuartel se encuentra a seis kilómetros de Valladolid, y que el frío de Valladolid cuando llega… llega de verdad.
Creo que pocas veces hemos jurado tanto, nunca he visto tantos sapos y culebras salir de nuestras bocas.
 
Al final… nos tocó ponernos manos a la obra, fuimos hasta cocina, recogimos todo lo que había sobrado de la cena, algo de beber, más cosas para el desayuno, lo metimos todo en una bolsa y se lo dimos… salimos a la parada del bus y con nuestro dinero (que por suerte lo teníamos encima), pagamos los dos billetes y le dijimos al buen conductor que les dejara lo más cerca de la Plaza de España que pudiera, y allí les dejamos… tristes, confundidos y engañados, pero… no olvidaré jamás aquella sonrisa entrecortada y sajada de uno de los dos hombres… no recuerdo el nombre pero… aquel gesto de su cara… no lo olvidaré nunca…

  
Comenzaba la historia en un semáforo en rojo… y allí continua ahora la misma, el caso es… que nunca me había vuelto a preguntar qué sería de aquellos dos hombres… hasta ayer. Parado en un semáforo muy cerca de mi casa, un hombre muy mayor… rozando ya los setenta años, con pantalones de pana y jersey de lana viejos, una gorra, un bastón que lo ayudaba con su pronunciada cojera y las arrugas de su cara ocultando sus ojos… no apartaba su mirada del suelo pero al llegar a mi altura, alzó los ojos y con un acento algo pronunciado me dijo… ¡¿Pañuelos?! Jamás podría olvidar aquella sonrisa, y allí estaba de nuevo… diez años más tarde, tal y como yo la recordaba, aquel gesto de gratitud después de pagarle el paquete de pañuelos más caro del mundo… cinco euros.
 
Y sin más… siguió su camino… el semáforo en verde y yo… el mío. No sabía si alegrarme o no hacerlo. Solo sé que… en la siguiente parada, cerré los ojos y di gracias por estos diez años en los que la vida me ha permitido seguir adelante. Me hubiera gustado decirle algo pero… el no me reconoció… normal, yo tan solo era un muchacho de diecinueve años. Seguro que necesitaba algo más… pero no lo hice… no me atreví. Solo pienso… madre mía… rozando setenta años, pasando este horrible frío y vendiendo pañuelos, con toda la historia de sus arrugas encima… y de algo estoy seguro, sin futura jubilación a la vista…
 
Es algo extraño ¿verdad?… pensar en vuestros vendedores de pañuelos… ¿Quiénes serán?, ¿Qué historia les habrá tocado vivir?... no os puedo contestar, solo puedo deciros que… siguen siendo iguales a nosotros… con su camino, su realidad, sus arrugas marcadas por el frío… seamos más humanos, y… la próxima vez… compremos ese puto paquete de pañuelos. ¿Qué nos cuesta?"